martes, 8 de abril de 2014

BRAHMAN


Ya puedo volver, poquito a poco a practicar.


Llevaba un año y dos meses tomando perspectiva, y hoy puedo sentir adentro mío cómo empiezan a florecer otra vez, junto con la primavera, mis deseos de volver a sumergirme en la práctica.


Este año y pico de pausa fue una de las mejores decisiones que he tomado en mucho tiempo.


En el 2010, cuando Emi llegó y decidí amarlo para siempre, tuve la clara certeza de que con mi práctica de yoga algo no estaba terminando de funcionar en mi vida.


La maternidad le había dado un brillo tan potente a Mi Realidad, que me veía ahora frente a frente y sin excusas con todas mis sombras.


Tardé entonces unos dos años en atreverme a “bajar del barco”.


Comodidad, conformismo, pereza, miedo, tabú, costumbre…Ego.


Mis clases eran ciertamente interesantes, me sentía en mi Elemento, segura y cómoda compartiendo con los alumnos y alumnas todo lo que había aprendido.


Pero, ¿qué había realmente aprendido con todos estos años de práctica?


Mi realidad seguía sin brillar con luz propia; seguía sintiéndome desdichada, inmersa demasiado frecuentemente en relaciones con el mundo difíciles, complicadas, tristes…


Evidentemente la vida no podía ser ese permanente pesar, ese sentirse ajena, llena de culpas y enojos, y siempre metida en líos.


Con la práctica de yoga se me había hablado de un vivir desde la claridad (de ideas, de emociones, de relaciones) que yo apenas conseguía intuir de lejos.


Entonces fue cuando sin saber hacia dónde me dirigía, ni teniendo muy claro tampoco qué era en verdad lo que dejaba atrás, solté las clases, los grupos, la rutina diaria.


Enseguida supe que no había dejado atrás solo una profesión, un hacer cotidiano; con ello había soltado también mis máscaras, mi zona de confort, ese lugar en el que sabía cómo moverme y lo que se esperaba de mí; acababa de empezar la aventura, el verdadero y primerísimo re-encuentro con mi verdadero Yo, y fue entonces cuando, creo que por primera vez, empecé a preguntarme qué significaba ese Yo-Ga, esa unión de sol y luna, de cielo y suelo, de emoción y mente.


Y con esa comprensión, vinieron todas las demás.


Verdad, realidad, tiempo-espacio, dios… ¿cómo podía haber estado acompañando a otros, sin haber entendido y aplicado yo misma estos “conceptos”?


Fue, y viene siendo, este año, un año de aprendizaje tras aprendizaje; de llantos sobre todo, reconociendo este Yo mismo con su Ego tan pero tan poderoso. Una batalla contra una misma permanente.


Y en esas estoy, re-encarnando desde mi propio yo, siempre acechante ahora, como un águila en la cima de la montaña, las garras bien aferradas.


Me caigo a veces sí pero me levanto, y le hago frente una y otra vez a mi ego, ese otro yo que habita en mí y que, incitándome a crecer, aprovecha cada instante mío de despiste para desafiarme, amenazándome con devolverme a ese ayer triste y mortal.


Yo quiero la inmortalidad, quiero ser dueña del tiempo, quiero tener el don de plasmar aquí y ahora mi propia realidad, mágica y enriquecedora, segundo a segundo, eternamente, y desde la no-dualidad.


Oh Brahma, ¡que el Padre Sol ilumine mi caminar!

No hay comentarios:

Publicar un comentario